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INTRO
Hoy me despierto después de un sueño en el que “me envían” un marcalibros del grupo espírita de Brasil João Pedro, donde realicé el curso de médium y con el cual sigo actualmente en conexión. No podía leer lo que decía, pero el gesto fue suficiente: activó en mí algo que ya sabía que tenía que hacer. Comenzar, por fin, a escribir este libro y dejar de procrastinar.
Sentí que “desde el otro lado” me lo estaban recordando. El tiempo apremia.
“El más allá no es un lugar: es un reflejo del alma.”
Comienzo con esta frase porque contiene el concepto central que quiero transmitir. Días atrás, el 22/12/2025, estaba sentada en mi escritorio cuando escuché con claridad una voz que me dijo: “Conéctate con las colonias de luz”. No era la primera vez que me ocurría algo así. Años atrás, en uno de los períodos más oscuros de mi vida, durante una meditación escuché un mensaje igual de nítido: “Camino de Santiago”. En ese momento casi nadie hablaba de él; tiempo después se hizo popular a través de un libro que apareció meses más tarde. Pero esa es otra historia.
Hoy estoy saliendo —o eso espero— de otro capítulo oscuro de mi vida y empiezo a ver la luz. Me emocioné. Sentí, nuevamente, que tenía una dirección clara.
Antes de comenzar el recorrido por estas colonias de luz, quiero compartir una visión que siento que traje conmigo a este mundo. Desde muy joven, quizá demasiado joven, inicié una búsqueda por comprender la verdadera naturaleza de la realidad. Leí todo lo que estuvo a mi alcance en ese momento: desde libros considerados “prohibidos”, pertenecientes a antiguas órdenes, hasta textos como el Bhagavad Gita. Una búsqueda que me ha acompañado toda la vida.
Desde los 11 o 12 años, cuando empecé, hasta hoy, a mis 54 años, hay un hilo que no se ha cortado. De niña solo quería saber la verdad, porque nada en este mundo terminaba de encajar. No entendía por qué las cosas funcionaban como funcionaban. De todo este recorrido, solo puedo compartir una parte: la que me pertenece.
Siempre sentí que muchas cosas aceptadas como verdades no lo eran del todo. Como toda verdad, la mía es parcial. Y es de esa parte, aprendida a través de experiencias y aprendizajes a lo largo de los años, de la que voy a hablar en este libro.
Llegué a esta vida con ciertos conceptos que en un momento descarté, pero que con el tiempo comprendí que eran acertados. Creo que todos traemos con nosotros algún tipo de sabiduría al nacer. No somos una tabla rasa. Tal vez no lo recuerdes ahora, pero si miras con atención hacia atrás, algo aparecerá.
Para mí, una de esas certezas es que la muerte no existe como final. Existe la muerte física, sí, pero no la espiritual. Somos eternos: nunca dejamos de existir como seres.
Otra certeza es la sensación de no pertenecer del todo a este mundo. Recuerdo el peso del cuerpo, como una prisión, y también el alivio de salir de él, de balancearme por encima, flotando liviana, como en una hamaca sobre mi cuerpo físico. Era muy pequeña, pero lo recuerdo con claridad.
También sabía que mi mundo y los otros mundos eran esferas: realidades que, en ciertos momentos, se tocaban e interactuaban. Algunas lo hacían durante largos períodos, como ocurre entre personas o familias; otras solo coincidían por un tiempo breve. Esto no solo afectaba a las personas, sino también al microcosmos y al macrocosmos.
Nunca leí esto exactamente de este modo en ningún libro; ni siquiera hoy lo he encontrado escrito así. Sin embargo, con el paso del tiempo, pude comprobar que muchas de estas percepciones eran ciertas.
Y, antes de comenzar con el primer capítulo, quiero agradecerte por estar aquí y ahora, leyéndome.
(Nota de la autora: 30/12/2025. Hoy me despierta un sueño. Ya debo comenzar a escribir, de una vez, sobre las colonias de luz. Es preciso.)
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