Capitulo 4 "A donde van nuestros animalitos cuando mueren?" El Gran Reencuentro

CAPITULO 4 Jardines de Recuperación – Campos de Amparo Un gran reencuentro Una de las mayores preguntas que la gente se hace es qué ocurre con nuestros animalitos queridos al morir. ¿Adónde van cuando dejan su cuerpo físico? Según la filosofía espírita, y también otras tradiciones, los animales poseen un alma colectiva. Sin embargo, cuando comienzan a convivir con nosotros y les damos un nombre propio, el espíritu que habita en ese ser inicia su tránsito álmico como un ser independiente, aunque en un principio continúe formando parte de esa gran alma colectiva. No existen colonias como tales, pero sí existen estos lugares o sitios de recuperación, a los que se les llama de muchas maneras. Yo los llamaré Jardines de Recuperación o Campos de Amparo. Al igual que ocurre con los seres humanos, los animalitos también llegan a lugares de “recuperación” antes de ir a otros sitios donde se preparán para una nueva vida. También pueden, en ocasiones, volver a visitarnos. El amor que nos une a ellos no se termina con la muerte física: es para siempre. El gran reencuentro La primera vez que visité un lugar así fue hace muchísimo tiempo. En un sueño lúcido caminaba por un campo hermoso, de un pasto verde, pero no un verde como el que conocemos aquí en la Tierra, sino un verde intenso y luminoso. Allí estaban juntos todos los animalitos con los que alguna vez había tenido contacto en esta vida, incluso algunos que ni recordaba. Perritos de mis abuelos, que tenían en el campo, estaban todos felices jugando. Junto a ellos estaba mi perrita Cuqui, la primera perrita que vivió conmigo. Ese recuerdo siempre fue un tesoro para mí. Lo extraño fue reencontrarme con perritos como El Corbata, que en realidad no habían vivido conmigo, algunos casi no los recordaba, pero a quienes veía y con quienes jugaba cuando iba de vacaciones al campo de mis abuelos siendo muy chica. Según las experiencias que he tenido, y que coinciden con lo que cuenta mucha gente, lo cierto es que nuestros seres queridos, dentro de sus posibilidades, luego de partir pueden compartir momentos con nosotros. Son muchos los testimonios que relatan que, al irse a dormir, cuando uno ya está casi dormido, se siente cómo ellos se acurrucan a nuestro lado, tal como lo hacían cuando estaban físicamente con nosotros. Esto ocurre porque el sueño es un momento vulnerable para el ser humano: nuestra conciencia en el mundo físico descansa y no estamos en estado de alerta. También es un momento en el que nuestro ser muchas veces viaja en astral, de manera consciente o inconsciente. Ellos velan por nosotros. Nuestros seres queridos, tanto animalitos como personas, suelen actuar como protectores desde el otro plano; nos cuidan y nos acompañan. La historia de Cuqui: “Llegué a casa. Está todo bien” Cuqui fue mi primera perrita, una mezcla de pomerania con pequinés. No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero sí que vivió muchos con nosotros. Cuando ya estaba viejita intentaba escaparse; supongo que su reloj biológico le decía que su tiempo se acercaba. Un día, sin querer, dejé el portón abierto y ella se escapó. La buscamos por todos lados, pero no pudimos encontrarla. Me quedó un sentimiento muy grande de culpa. Para peor, esa noche se desató una tormenta espantosa y no podía dormir pensando en ella. Cuando ya me estaba quedando dormida, sentí que llegaba y se subía a mi cama. Sentí un gran alivio y una profunda felicidad. Pensé que mis padres le habían abierto la puerta y me dormí tranquila. Pero, para mi sorpresa, al otro día, al despertar, la busqué y no estaba en ningún lugar de la casa. Mis padres me dijeron que no había vuelto, que seguramente había sido un sueño producto de la preocupación. Pero yo sé que estaba despierta y sentí claramente cómo se subió a la cama, tal como lo hacía siempre. Entonces comprendí que su mensaje había sido que estaba bien y que había llegado a su casa espiritual. La historia de Mística: “Ella sigue con nosotros” Mística fue una perrita que compartió 17 años de su vida con nosotros. Llegamos a festejarle sus 15 años. La adoptamos cuando mi hijo estaba por nacer. Yo trabajaba en un balneario y todos los días, al pasar en el bus, la veía en un basural donde la habían tirado junto a sus hermanitos. Un día pasé y estaba solita. Al llegar a casa comenzó a llover y le pedí a mi padre que me llevara a buscarla. Fuimos y la trajimos. Mística fue la perra que me sacó de quicio muchas veces. Claro, yo no sabía que era una podenca; los podencos tienen una energía enorme. No había forma de agarrarla si se escapaba, siempre estaba alerta, pensando cómo hacer travesuras. Con los años y algunos accidentes lamentables, se volvió más tranquila. Le pusimos ese nombre porque solíamos reunirnos a meditar y ella era la primera en ponerse en el centro del círculo. Siempre fue buenísima con los niños y con la gente en general. Aproximadamente un año antes de fallecer le dio un ictus y muchas veces no nos reconocía. Su cuerpito se fue deteriorando y, lamentablemente, tuvimos que dormirla porque ya no era vida. Mi idea había sido traerla a vivir con nosotros a España, pero no fue posible. Sin embargo, unos años después tuve una experiencia maravillosa. Estaba en el patio y el gato estaba recostado sobre unas hojitas en el suelo. De pronto giré la cabeza y la vi: estaba allí, físicamente, oliendo las hojas. Me quedé alucinada mirándola a ella y al gato. Ellos siempre habían sido muy buenos amigos. Cuando fui a llamarla, desapareció. La vi perfecta, en su mejor momento. Fue algo realmente mágico. Lo tomé como un regalo, ya que muchas veces la había sentido acostarse a mis pies y, en más de una ocasión, la había visto pasar de reojo. Me confirmó que, aunque no de forma física, se había venido con nosotros y nos acompañaba. La historia de Cliford y Panchi: “Avisos desde el más allá” Cliford llegó a nuestra vida como llegaron todos nuestros animalitos: lo encontramos perdido, no era de nadie. Era cachorro y tenía un buen collar de cuero, por lo que pensamos que había sido abandonado, quizás un “regalo” que luego se volvió molesto. Era grande; pensamos que era un rottweiler, pero no: era un beauceron francés, una raza poco común en Uruguay. Cuando tuvimos que mudarnos a España, ya había conseguido una casa donde llevarlos a todos. Pero el veterinario nos dijo que era imposible: aunque Cliford se veía bien, era muy mayor y el viaje tan largo podía ser fatal. No nos dio el permiso porque era muy probable que no resistiera. Con el dolor del alma tuvimos que dejarlo. Quedó con familiares y, aunque para nosotros fue muy triste, él se veía contento en su nuevo lugar, donde había otra perrita con la que jugaba. Yo ya sabía, por medio de un sueño, que no le quedaba mucho tiempo. En ese sueño, muy preocupada, lo vi alejándose por un caminito que subía un cerro. Pero el miraba hacia atrás y como que me decía que su tiempo en la Tierra estaba llegando a su fin. Vivió algunos meses más. Luego nos dijeron que sufrió un ataque y murió de golpe; no pudieron hacer nada. Panchi era la perrita de mi madre. Murió en un incendio que devastó su casa. Fue una situación muy angustiante. También era rescatada: la habían encontrado abandonada en el campo, muy asustada. Era una schnauzer negrita, muy alegre. ¿Por qué uní a estos dos perritos en esta historia? Porque hay algo que me ocurre, y no solo con animalitos, aunque especialmente con ellos: cuando pasan al otro lado, muchas veces me avisan que están bien. Y eso es un gran consuelo. Con Panchi fue así. La vi feliz, supe que estaba bien, y se lo conté a mi madre para que se quedara más tranquila. No ha sido la única: otros perritos que hemos tenido, como Julieta, Chico y Gringo, también los he visto en los Jardines de Recuperación. Con Cliford fue diferente. En un sueño me avisó que su muerte no había sido natural. Lo vi llegar a la casa donde vivíamos en Uruguay; le abrí la portera y me dijo mentalmente que algo le había pasado, que alguien le había dado algo para que muriera, que había un culpable. Puede parecer una locura, pero creo sinceramente que fue así. Quien haya sido, deberá rendir cuentas ante quien corresponda. Después de ese aviso, lo vi irse tranquilo hacia los Campos de Amparo. Y sin duda debemos quedarnos tranquilos: nunca perdemos a un ser querido, ni humano ni animal. Solo hay una separación temporal. Aquello que está unido por el amor verdadero nunca se disuelve. El amor es infinito y eterno. Si un ser querido se ha ido antes, simplemente nos esperará o nos acompañará algunas veces mientras estemos aquí en la Tierra, hasta el momento en que partamos para reunirnos nuevamente con ellos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Capitulo .0 INTRO

capitulo 5 Colonia Tierra: Seres Dimensionales me muestran 2 Posibles Futuros