Capitulo 1 Colonia de Luz

 

CAPÍTULO 1

En la Colonia de Luz

¿Por dónde empezar? Es imposible trazar un recorrido en línea recta; tendrá que ser en espiral.

Voy a elegir un momento muy especial de mi vida, el que lo cambió todo: mi experiencia cercana a la muerte. En el año 2017, tras quince días de estar internada, pasé por una operación de vesícula. Según dijeron, no era una intervención arriesgada; se suponía que sería algo simple, de no más de treinta o cuarenta minutos. Sin embargo, duró aproximadamente cuatro horas.

Cuando desperté, el doctor me dijo que todo había salido bien, que por suerte estábamos conversando en ese momento, pero que no quería volver a verme en toda la vida. No lo dijo de broma. En ese instante lo tomé como algo extraño… ¿por qué dijo aquello?
A mi esposo le habían dicho que había sido complicado, pero que ya estaba todo bien. No explicaron mucho. En el informe que nos entregaron tampoco decía gran cosa: muchos términos técnicos que no comprendimos.

De la operación recuerdo que estaba en un pasillo, sobre una camilla, y junto a mí había un enfermero con vestimenta azul. Pensé: ¿no era que iban de color verde? Pero dejé pasar ese pensamiento. Frente a mí había una puerta de doble hoja, cerrada. Yo estaba recostada en la camilla, al lado de la pared izquierda del pasillo.

El enfermero se mostraba inquieto, como con miedo o con ganas de irse a casa; no supe interpretar bien su estado en ese momento. Pero cuando comencé a ver todo con más detalle, desde una perspectiva como si estuviera sentada en la camilla, observé que por la puerta se filtraba muchísima luz. Y, con asombro, el enfermero también era todo luz: su cuerpo, su ropa, su rostro. Todo allí brillaba. Incluso las paredes emanaban luz, aunque no era una luz cegadora.

Yo sabía que, si atravesaba aquella puerta, no habría vuelta atrás.

Entonces me percaté de que frente a mí, del lado derecho del pasillo había dos consultorios. En cada uno, una mesa y dos sillas, también de luz. A la velocidad del pensamiento estaba sentada allí. La silla y la mesa se sentían con densidad, igual que los objetos a los que estamos acostumbrados aquí en la Tierra.

Aparecieron dos seres: primero uno y luego otro. No vestían como enfermeros, sino con túnicas blancas y largas. Uno se sentó frente a mí, como con unos papeles, analizando algo, y me habló mentalmente. Me dijo que estaban evaluando mi caso, si lo que yo había pedido podía concederse.

Yo me sentía muy tranquila, completamente en paz, sin desear un resultado u otro. Simplemente me quedé esperando. No recuerdo con exactitud lo que hablamos en ese intervalo que, según mi percepción del tiempo allí, me pareció eterno.

Finalmente llegó el otro ser, idéntico al primero, y habló con quien estaba frente a mí. Luego se dirigió a mí y me lo dijo:
—Se puede, pero todo debe cambiar.

Me lo explicaron. No se necesitaban muchas palabras allí. Todo era muy claro y concreto. Inmediatamente lo comprendí todo… y acepté.

Antes de la operación, mientras estuve internada me sentía muy mal. Sinceramente, aunque nadie me dijera nada, sentía que mi vida corría peligro. Entonces pedí que solo me permitieran seguir viviendo para cuidar a mis hijos, que aún eran pequeños. Realmente estaban en peligro. Aunque su padre es una buena persona y sabía que no los abandonaría, no podría estar con ellos la mayor parte del tiempo, y quedarían a merced de otras personas que no serían beneficiosas para ellos. Evidentemente, si no hubiera sido estrictamente necesario, no me lo habrían permitido.

Permanecí un tiempo más allí. Caminé por lugares que parecían un parque. No conservo muchos recuerdos de las formas, todo era luminoso. Pero sí de cómo se sentía ese lugar: una profunda paz, tranquilidad, sin noción de tiempo ni espacio, con la sensación de un tiempo eterno. La mente estaba extremadamente clara, en el aquí y ahora, sin temores ni ansiedades. Sentía una seguridad total, una confianza plena en esos seres, que transmitían la presencia de “algo mayor” o de “seres con más sabiduría”.

Había, sin duda, la sensación de “algo más”. No lo identifico como un Dios o una Diosa; quizá se sentía más como una fuente de energía. No con mayor jerarquía que quienes estábamos allí, pero sí con más sabiduría. Cada uno cumplía su función. Todo era práctico, organizado y armónico.

Así es Colonia de Luz, aunque este es solo el primer acercamiento. En los próximos capítulos iremos profundizando un poco más en esta y en otras colonias, porque no es la única. Existen muchas y diferentes.

Mi reflexión sobre esta experiencia cercana a la muerte, tan vívida en la Colonia de Luz, es que, aunque siempre creí en la vida después de la vida, fue completamente distinta a todo lo que había imaginado, leído o visto en una película. Hoy, después de ocho años, tres meses y quince días, puedo decirte que todo fue tal como aquel ser lo dijo: en mi vida efectivamente sí, todo cambió.


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