Capitulo 2 Una Segunda Oportunidad - Colonias en el Umbral
CAPÍTULO 2
Una segunda oportunidad
Colonias en el Umbral
A lo largo de mi vida me ha tocado transitar por diferentes lugares en el plano astral. En aquel entonces no lo comprendía; más tarde entendí que, debido a mi capacidad mediúmnica, “esas cosas” se me daban, digamos, con mayor facilidad que a otras personas.
Debo aclarar que la mediumnidad es una capacidad inherente al ser humano: todos la tenemos. Sin embargo, se desarrolla con mayor intensidad cuando la persona tiene una misión relacionada con ello. En mi caso, siempre me resistí, hasta que la vida me dio una segunda oportunidad.
Mi tío —quien pertenecía a una orden secreta y compartía libros con mi padre, libros que yo leía a escondidas— terminó quitándose la vida. Siempre había sido un entusiasta del tema OVNI, y durante toda mi infancia en casa se hablaba de ello. En su juventud tuvo un avistamiento mariano: él decía haber visto a la Virgen. Pero como mi familia por parte de padre era atea, no pudo expresarse libremente en aquel momento, y todo quedó reducido a la idea de que quizá había sido otra cosa, tal vez un OVNI.
Para cuando viví esta experiencia, él ya había fallecido. Por esos días yo sentía y escuchaba algo que no sabría definir con precisión: un lamento permanente, una angustia profunda. Alguien gemía de manera lastimosa, y ese sonido no me abandonaba. Ya no me permitía vivir con normalidad. Llegué a un punto en el que decidí consultar a una señora que curaba a la antigua, con hierbas.
Esta mujer me pidió que comprara unas velas y que las encendiera por la noche detrás de la puerta principal de mi casa.
Esa noche tuve la experiencia de viajar, quizá, al lugar más profundo y oscuro en el que he estado con la conciencia despierta en el plano astral. Esta vez visité una Colonia de más baja frecuencia.
Era un sitio gris y sombrío, como una ciudad muy antigua, apenas iluminada por pequeñas luces apagadas. Había mucho jolgorio en esas calles, mucha gente. Entre la multitud logré distinguir a mi tío, que me saludaba con la mano. A su lado había una muchacha que despertaba compasión: tenía los ojos oscuros, como de mapache, y el cabello rizado.
Él me miró y señaló una casa frente a nosotros. Sentí que debía dirigirme hacia allí.
Llegué a la puerta: era tétrica, de madera negra, con relieves que dibujaban rostros malignos, cubierta de ornamentos terribles. Allí se percibían energías muy bajas, una sensación clara de mal. Entré atravesando la puerta, casi sin oposición.
Dentro del recinto había muebles lujosos y una enorme vitrina de cristal, muy pulcra, de madera oscura y de buena calidad. En los estantes de cristal yacían cientos de pequeñas cajas negras con tierra, que parecían diminutos ataúdes. Una energía me impulsó hacia una de ellas y, para mi sorpresa, encontré la mía.
Entonces se escuchó un ruido, un clic, y la cajita se abrió, como si la tapa se hubiera soltado. En ese instante sentí la liberación.
Sí, me había liberado.
Para mi sorpresa reconocí entonces que la muchacha que estaba junto a mi tío era yo misma: un fragmento de mi alma, que lloraba angustiosamente, pidiendo a gritos que la sacara de aquel lugar espantoso en el que no debía estar.
Siempre agradecí al espíritu de mi tío por haberme ayudado a salir de allí.
Al despertar de este terrible sueño lúcido bajé la escalera. La señora me había pedido que colocara las velas sobre una bandeja metálica o algo similar, para evitar cualquier peligro, y que, una vez consumidas, les sacara una foto para ver cómo habían quedado. Para mi sorpresa, una de ellas había tomado la forma de una paloma blanca. Lo sentí con claridad, y ella también me lo confirmó: la liberación estaba más que confirmada.
Nunca más volví a sentir ese llanto ni esa angustia terrible.
Estos lugares, que en algunas filosofías se denominan el Umbral, y que también pueden recibir el nombre de Purgatorio, son espacios donde habitan personas que en vida estuvieron muy apegadas a lo material o a distintos tipos de vicios; espíritus aferrados a vibraciones densas, que no querían dejar la Tierra.
También se encuentran allí seres que decidieron acortar su vida antes de tiempo. Pude observar que, en el caso de muchos adictos, algunos parecían incluso felices de continuar reviviendo esas experiencias. No todos estaban mal allí, a pesar de la degradación y la oscuridad que los rodeaba.
Mi reflexión sobre esta experiencia fue comprender que, en ocasiones, el alma puede fragmentarse. Creo que, en este caso, pudo haber sido por una causa externa —tal vez un ritual, algún tipo de magia o algo similar— y que esto nos lleve, sin una razón aparente, a atravesar situaciones tan complejas como una profunda depresión, como fue mi caso.
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